El Fogón

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José Ángel Solorio Martínez

El fin de una época…

Una noche de fin de semana en Nuevo Laredo, Tamaulipas, cenaba un funcionario de la Procuraduría General de la República (PGR) acompañado de un amigo en el Restaurant El Rancho, sobre la calle principal de la ciudad. Departían amigablemente. Wisky, cortes y charla. Casa llena. Aduanales, contrabandistas, políticos y turistas, abarrotaban el establecimiento.

Un discreto hombre, pasó frente a la mesa rumbo al baño.

El acompañante del hombre de la PGR, lo observó. Era tan simple, que pensó: “un comensal más”.

Pasaron tres minutos.

De regreso del sanitario, el caballero llevaba su mano derecha dentro del saco como sobándose el corazón.

Se detuvo frente a la mesa del representante de la Procuraduría, sacó una 45 desde la altura de su pecho y disparó. A metro y medio de distancia, no podía fallar. La bala entró a la altura de la tetilla izquierda.

La bala, de impacto por su grosor, lo derribó de su silla y lo envió a tres metros de donde ocupaba su asiento. Apenas alcanzó a tocarse el lugar del plomazo; casi de inmediato quedó inerte sobre el piso.

Su compañero, -Daniel Romero, amigo entrañable del agredido- desenfundó su arma y abatió al agresor.

Caos en el negocio.

Diez minutos después, los meseros del negocio vieron como un milagro la resurrección del hombre de la PGR. Tras un trago de escocés, volvía a la vida el baleado.

Salvó la vida de Carlos Aguilar Garza –entonces coordinador de la PGR en el noreste mexicano-, su placa de latón que lo acreditaba como fiscal especial de la Procuraduría.
Nunca creí esa historia.

Hasta que en su oficina de Nuevo Laredo, vi enmarcada –como suvenir- la bacha con el plomo sobre el cuero negro que la cubría.

No pregunté.

Sólo recordé algunas charlas con el periodista Alberto Guerra, sobre esos casi cinematográficos acontecimientos.

La primera vez que lo visité en su despacho –era el propietario del periódico El Águila en donde trabajé algunos tres meses-, sólo alcancé a ver de reojo ese impresionante recuerdo del editor.

Algunos días después, vi otra foto que me impresionó. Era una avioneta hecha pedazos. En algún lugar del país se había desplomado. Iba en el vuelo, Carlos Aguilar Garza. Fue rescatado agonizante, con centenares de fracturas. Vivió para contarla.

La secuela de ese accidente, lo seguiría toda su vida: caminó dificultosamente, ayudado por aparatos de rehabilitación. Se retiró de la PGR.

Detractores del nuevolaredense, dijeron que la avioneta iba cargada de droga. El peritaje de la PGR, fue contundente: era talco, lo que algunos confundieron con droga.

Siempre fue un hombre de poder.

Una ocasión, mandó llamarme.

Su asistente, me pidió esperar en la misma sala. Hablaba con el Administrador de la Aduana de Nuevo Laredo. Fingía no escucharlos. El diálogo subió de tono. Tanto, que Aguilar Garza de un manotazo tumbó el wisky que el aduanal se llevaba a la boca.

Dos hombres armados, de inmediato, atisbaron desde la puerta.

Aguilar Garza, sólo levantó la mano derecha.

Regresó la tranquilidad y la ecuanimidad a la charla.

Al finalizar, el encuentro, se estrecharon amigablemente la mano.

Se despidieron, como si fueran hermanos.

Su desaparición, algunos años después, cerraría una época en la historia de Nuevo Laredo.

Y abriría otra, que aún subsiste…

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