Miquihuana: cuando el agua significa votos
En Miquihuana el problema no es la falta de agua, es el exceso de cálculo político. Porque aquí nadie está peleando por tuberías, válvulas o registros: están peleando por el control del relato… y por los votos que puedan exprimir de una llave cerrada.
El desabasto que hoy sufren las familias de este pintoresco y olvidado municipio no es casual ni accidental. Es estratégico. De un lado, el gobierno municipal panista encabezado por la Enf. Gladis Magalis Vargas Rangel; del otro, el enviado del Gobierno del Estado, Morenista Héctor López, esposo —dato nada irrelevante— de la candidata perdedora de la coalición PVEM-MORENA, Eunice Zulema Guzmán Torres. Dos proyectos políticos distintos, una misma tentación: jalar agua para su molino electoral.
Y como si esto no fuera suficiente la COMAPA Miquihuana aportó su granito de arena al circo con un comunicado digno de antología, donde habla de “personas ajenas” que movieron los registros. Personas ajenas… como si en este pequeño municipio el agua se moviera sola o como si los registros tuvieran vida propia. No son personas ajenas: son manos conocidas, intereses claros y objetivos bien medidos en boletas, no en litros.
Miquihuanenses lo describen con crudeza: mientras unos intentan avanzar con conexiones, otros las frenan. No porque no sepan cómo hacerlo, sino porque no les conviene que el agua llegue cuando el crédito político puede llevárselo el rival. Aquí no hay fallas técnicas; hay sabotaje político disfrazado de trámite.
El manual es viejo pero efectivo: si el agua no llega, se culpa al municipio; si el drenaje colapsa, se señala al Estado. Nadie arregla nada, pero todos señalan. Y mientras tanto, cada grupo apuesta a que el enojo ciudadano se traduzca en votos… para ellos, claro, nunca para el otro.
A esto suele otra excusa ridícula: la paquetería. Que los materiales no llegaron por las compras navideñas. Como si el problema fueran las vacaciones y no la mezquindad política. Como si la sed se calmara con guías de envío.
El mensaje es claro y perverso: en Miquihuana el agua se administra como moneda electoral. Se abre o se cierra según convenga al discurso, no a la necesidad. Se retiene para generar enojo, se promete para generar esperanza y se usa para castigar o premiar políticamente.
Mientras tanto, las familias aprenden a sobrevivir con cubetas y paciencia. Porque en esta disputa no importa quién resuelva el problema, sino quién capitaliza el hartazgo. Aquí no se jala agua para la gente; se jala agua para la elección. Y si el pueblo se queda seco, ni modo: lo importante es que alguien salga bien hidratado… de votos.