LA GENERACIÓN QUE YA NO CREE EN NADA
Por: Luis Armando González Isas
Hay días en los que uno despierta pensando más de lo normal.
Hoy me levanté reflexionando al ver el poco anhelo de la gente por el verdadero significado de la Semana Santa, y analizo y digo que algo se está rompiendo y no es reciente.
No ocurrió de un día para otro, ni se puede culpar a una sola persona, a un solo gobierno o a una sola institución. Es más profundo. Más silencioso. Más peligroso.
Estamos frente a una generación que ya no cree en nada.
No cree en el gobierno, porque ha visto promesas recicladas, discursos vacíos y resultados que nunca llegan. Cambian los nombres, cambian los colores, pero la historia parece repetirse.
No cree en las instituciones, porque muchas han dejado de representar a la gente. La justicia se percibe lenta, lejana o selectiva. Y cuando la ley no es igual para todos, deja de ser ley y se convierte en privilegio.
No cree en la iglesia, no necesariamente por falta de fe, sino por decepción. Porque cuando la misa o culto no coincide con la conducta, la confianza se rompe. Y una vez rota, no se repara con palabras.
No cree en los medios, porque durante años se ha sentido manipulación, intereses ocultos o narrativas a conveniencia. Hoy se duda de todo incluso de la verdad.
Pero esto no es rebeldía.
Es cansancio.
Es el resultado de años de ver, escuchar y vivir contradicciones. Es una generación que creció viendo cómo se decía una cosa y se hacía otra.
Hoy no se cree fácilmente en discursos motivacionales, en campañas políticas, en líderes carismáticos ni en promesas de cambio. Todo se cuestiona. Todo se pone en duda. Todo pasa por el filtro de la desconfianza.
Y aunque eso puede parecer negativo, también es una señal de alerta.
Porque una sociedad que no cree en nada es una sociedad peligrosa.
Y entonces, ¿Qué hacemos ahora?
La respuesta no está en exigir cambios afuera sin empezar por dentro.
Tal vez no podemos cambiar el sistema completo, pero sí podemos dejar de ser parte del problema.
Podemos volver a darle valor a la palabra.
Cumplir lo que decimos.
Vivir con coherencia, aunque nadie esté mirando.
Podemos ser ciudadanos que participen, no solo que critiquen.
Personas que construyan, no solo que señalen.
Voces que sumen, no que destruyan.
Porque la confianza no se recupera con discursos, se reconstruye con acciones pequeñas, constantes y reales.
Y quizá el verdadero cambio no comience en los grandes escenarios,
sino en decisiones cotidianas que parecieran insignificantes.
Hablar con verdad.
Actuar con integridad.
Vivir con propósito.
Porque al final, si esta generación no cree en nada, tal vez el reto no es convencerla con palabras,
sino darle razones con la vida para volver a creer.