Cleptocracia: el eufemismo de moda en Miquihuana
Por: Lic. Rosbel Bazán López
En Miquihuana ya no le dicen al pan, pan ni al vino, vino. Ahora le buscan nombres elegantes a las cosas incómodas.
Desde aquel municipio serrano nos hacen llegar una peculiar definición para describir al gobierno de Gladis Vargas Rangel: cleptocracia.
La palabra suena fina, académica, de esas que parecen sacadas de un tratado de ciencia política para no decir directamente lo que la gente comenta en la plaza. Pero traducida al lenguaje de los mortales, la cleptocracia alude a un gobierno en el que el poder termina convertido en instrumento para el enriquecimiento particular.
¡Vaya manera de decir las cosas sin decirlas!
Pero resulta que el asunto no termina en el diccionario. Los comentarios que llegan desde Miquihuana vienen acompañados de una pregunta que, esa sí, no necesita palabras rebuscadas:
¿Cómo se explica el cambio patrimonial?
Porque, según las versiones que circulan entre los habitantes, antes de llegar al poder municipal la pareja formada por Gladis Vargas Rangel y Roque Sánchez Carrizal llevaba una vida bastante modesta.
Nos cuentan que Roque se dedicaba a la albañilería, que hasta los terrones de cemento se le quedaban pegados en las botas y que sus desplazamientos estaban muy lejos de los lujos que hoy, según esas mismas versiones, forman parte de su entorno.
Incluso se recuerda que el exalcalde Juan Rodríguez Gámez habría contribuido con materiales para que la pareja pudiera levantar un pequeño cuarto donde vivir.
Hoy, dicen los enterados, la fotografía sería muy distinta.
Hablan de casa propia, caballos cuarto de milla, ganado vacuno de registro, chivas de doble propósito, gallos de raza para el redondel, vehículos recientes y propiedades residenciales en Ciudad Victoria.
De la austeridad a la abundancia.
Y que quede claro: hacerse rico no es delito. Tener caballos tampoco. Comprar una camioneta nueva no convierte a nadie en delincuente y mejorar las condiciones de vida debería ser motivo de reconocimiento, no de sospecha.
La pregunta aparece cuando ese salto económico coincide con el ejercicio del poder público.
Ahí es donde la conversación deja de ser chisme y empieza a exigir documentos.
Porque una cosa es presumir patrimonio y otra muy diferente es poder explicar cómo se obtuvo, con qué ingresos, en qué fecha, a nombre de quién y si fue debidamente declarado.
Y aquí viene la parte incómoda para cualquier gobernante:
El dinero público no tiene memoria, pero los documentos sí.
Por eso, si las acusaciones son falsas, la respuesta más contundente no sería un discurso político ni una descalificación contra los críticos.
Sería enseñar las cuentas.
Mostrar las declaraciones patrimoniales.
Explicar las adquisiciones.
Acreditar los ingresos.
Y asunto arreglado.
Porque cuando todo está en regla, la transparencia no duele.
Lo que sí resulta sospechoso —dicen los clásicos— es que alguien se moleste más por la pregunta que por demostrar la respuesta.
Así que en Miquihuana pueden seguir utilizando palabras sofisticadas si quieren. “Cleptocracia” suena mucho más elegante que decir que existe la sospecha de que el poder público pudo haberse convertido en una máquina de hacer patrimonio privado.
Pero las palabras elegantes no sustituyen las pruebas.
Y tampoco las descalificaciones.
Porque si alguien pasó de contar los centavos a contar caballos, propiedades y vehículos, nadie debería escandalizarse porque la gente pregunte.
La riqueza es privada; cuando se sospecha que tiene origen público, la explicación se vuelve asunto de todos.
Y aquí es donde está el verdadero meollo de la columna:
Que enseñen las cuentas.
Si están limpias, que se sepa.
Si no lo están, que se investigue.
Y si todo aquello no es más que chisme de pueblo, que también quede demostrado.
Porque en política, como en la vida, hay palabras que puede maquillarse cifras que pueden adornarse y discursos que pueden endulzarse.
Pero el patrimonio tarde o temprano termina hablando.
Y quizá por eso en Miquihuana algunos ya no quieren llamar a las cosas por su nombre.
Les parece más elegante decir Cleptocracia.
Aunque al PAN sigan queriendo lo llamar pastel.