El chile toro es un objeto para fustigar a la caballería

Redacción

Para iniciar esta truculenta nota primero habremos de describir lo que es el “CHILE TORO”.- muchas personas que tienen viejos sus huesos  ha escuchado que la gente del campo ha confeccionado—fuetes, chicotes, chirriones, látigos, etc., para conducir a la las vacadas de un lugar a otro y para hacer que la caballería obedezca al jinete, poco se habla del “chile toro” que no es otra cosa que el pene de los toros.

La gente de antaño cuando sacrificaban algún toro o buey le extraían el miembro sexual, lo colgaban de un árbol y le colocaban en el otro extremo un objeto pesado para que se estirara el trozo de nervio a su máxima expresión y así permanecía hasta que estaba completamente  deshidratado, es decir totalmente seco.

Luego los artesanos le colocaban un mango según se tratase del personaje que lo utilizaría,  si el “chile toro” tenía por destino al hacendado, se encomendaba hacer la  empuñadura  a un buen orfebre para que la manija se confeccionara de oro, plata y piedras preciosas.

Es así como un *”gachupin” que  había montado un taller de objetos de oro en la capital del estado construyó una vistosa empuñadura  con esos materiales costosos  ya que eran  para el también español Juan J. Castaños, personaje dueño de la hacienda -la Perdida- ubicada en Miquihuana entre muchas propiedades.

En la hacienda a comento el principal negocio estaba relacionado con el tallado de lechuguilla.

Cientos de personas todos los días acudían a la campiña para  cortar el cogollo de esta agavacea y luego apoyándose en las herramientas rusticas con que contaban para extraer la fibra que posteriormente  el hacendado vendía en países Europeos de donde  obtenía ganancias estratosféricas.

Cuenta una de tantas leyendas rurales que nacieron en esos parajes inhóspitos e infértiles miquihuanenses que en  la Perdida destacaba  de todas las hembras una mujer por su elegancia al andar, por ese bello cuerpo de diosa de la mitología griega y por su coquetería que a la mayoría de los hombres traía locos, así era Lupe.

Se dice que su marido José, al que apodaban <el chipil> a si le decían a los niños que se ponían celosos cuando la mamás están embarazadas y eso le pasó a este personaje.— José creció un tanto cuanto desnutrido pero los años lo fueron fortaleciendo,  esos sí, era muy trabajador, se decía que era el mejor de los peones tallando lechuguilla  siempre llegaba en las tardes cuando el sol se ocultaba <en el poniente>  con un hato de fibra terciado  en sus hombros se mencionaba entre los jornaleros que era el mejor,  nunca  bajaba de los  18 kilogramos, decían  que hasta 30 kilos había tallado en varias ocasiones, pero la planta ya empezaba a deforestarse en la región que se menciona.

Se esparcía el rumor  que cuando José andaba extrayendo cogollos, la Lupe le daba vuelo a la hilacha, pero eso sí, nunca descuido a su 5 hijos y todos eran producto de los espermatozoides del “Chipil”.

La gente que laboraba en la Hacienda la Perdida se admiraba de la belleza de hembra que a pesar de haber dado vida y amamantado a sus 5 hijos su cuerpo se veía muy bien estructurado con cinturilla de avista y sus pechos  turgentes como de jovencita que nunca ha amamantado a un crio

Se contaba que un ayudante del “capataz general” era el encargado de la báscula para pesar la fibra de ixtle y, dicho sujeto al que conocían como Rufino— gozaba de muchas concesiones  porque la madre de éste que era originaria de la hacienda de Montecristi y Anexas, propiedad de Amador Cervantes, en las ocasiones que conducía los trenes arrastrados por mulas  cargados de lechuguilla rumbo a Tula  en la hacienda de Amador Cervantes hacía alto en el rio guayalejo y ahí lo esperaba una bella dama  misma que pario a Rufino y como no tuvo manera de criarlo se lo regaló,  es por ello que le tenía muchas consideraciones al joven que además era su hijo  y  su brazo fuerte.

La Lupe y Rufino a quien apodaban la campamocha por flaco y desnutrido y otras cosas que más delante contaré se revolcaban en los fardos  de ixtle y, de eso había varios beneficios pues  su  “Chipil” al meter a la báscula la fibra, le regalaba diariamente  4 o 5 kilogramos,  mismos que le mermaba a los demás talladores y, a cambio pues retozaba bonito el Rufino con la hermosa y curvilínea fémina.

Rufino, presumía su <chile toro> que estaba más  duro que el hurgón  que utilizaban las cocineras de la hacienda para remover los rescoldos, ese “azotador” tenía una  empuñadura de piel de puerco y cabrito.

Con ese objeto duro como fierro golpeaba a quien le venía en gana,  Rufino se apellidaba  Castro, apelativo de su Mamá que aún vivía en la hacienda Montecristi a la que poco frecuentaba porque le causaba problemas ya que su progenitora había construido una familia  en la propiedad del alcalde de Palmillas quien era  dueño de 3, mil 292 hectáreas y por ello solo a hurtadillas podía verla y platicar un poco con la autora de su vida.

Un día como cualesquiera otro en la finca “la Perdida” propiedad  de don Juan J. Castaño, corría como reguero de pólvora que  uno de los peones de nombre  Silvano Báez Moreno,  había alborotado a los  talladores de  ixtle y si no hubiese intervenido  el gobernador Juan B. Castello el revoltoso habría ido al paredón.

Se dice que al pasar  Silvano, en su hermoso corcel cerca de la casa de la Lupe, se detuvo ante aquel portento de mujer a preguntar por su viejo amigo José, a lo que la coquetona le sonrió con miradas que se podían entender como lesivas y como Rufino siempre mantenía vigilada a la Lupe, de una manera casi imperceptible  al ver que sutilmente le indica a Silvano que sus carnes estaban trémulas de deseos concupiscentes y así lo interpreta el ayudante y cuasi capataz de la hacienda la Perdida, por lo que le envía un propio a la Lupe para que en el acto acuda al bodegón de acopio de la lechuguilla.

Y una vez que la Lupe, llega al lugar de la cita el tipejo al que apodaban la “campamocha” saca de la funda que pendía de su  cinturón el -chile Toro- con el que la golpeó por celos en varias ocasiones.

La mujer que tenía una fuerza descomunal misma que muchas veces demostró al tumbar becerros de año para sacrificarlos, además en temporada de herrar la becerrada Lupe, sola los “empialaba”.

Rufino la golpeo en varias ocasiones sin piedad por que la vio coqueteando con Silvano.

La señora recibió varios embestidas con el “chile toro” pero cuando intentó cruzar la cara de la campesina ella  logró asir el objeto con que la golpeaba y de un tirón con furia cayó al suelo Rufino al que con el mismo  objeto fustigó  hasta dejarlo tirado y sangrando profusamente.

Los azotes le habían calentado la sangre a la mujer y no descansó de darle golpes a su agresor hasta que lo dejó  muerto entre los fardos de ixtle  y para completar su furia que ya para ese momento era incontenible le introdujo el “chile toro” por el ano y ahí lo dejó ensartado,  escurriéndole  sangre de

 

 

Colocado por Redacción

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