El Fogón

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En los años 70, el PRI de Tamaulipas sufrió una de sus mutilaciones más dolorosas: centenares de militantes, se marcharon a otra trinchera al considerarlo un partido antidemocrático e inoperante en la región, para la renovación de sus élites dirigentes. Carlos Cantú Rosas en Nuevo Laredo, dejó la CNOP y se incorporó al PARM; Edilio Hinojosa López en Río Bravo, abandonó al tricolor y se sumó a la convocatoria de Cantú Rosas; y Jorge Cárdenas González en Matamoros dijo adiós al institucional y se adhirió al llamado del nuevolaredense.

Citamos a esos ciudadanos, por ser los más relevantes y los que más aportaron con su presencia al emergente Partido Auténtico de la Revolución Mexicana, en la entidad. Hay más, muchos más. Pero luego de sus incursiones en territorios de la oposición, algunos regresaron al PRI muy campantes. Uno de ellos, el abogado victorense Roberto Perales Meléndez. O el otro jurisconsulto capitalino, que llegó a ser Secretario de Seguridad Pública con el gobernador Américo Villarreal Guerra, Raúl Flores Morán

A aquellos, podríamos llamarles los de la ruptura definitiva

A los últimos, los de la fractura fingida, simulada.

El escenario actual, se asemeja más al de la gran diáspora priista de los sin retorno, del adiós definitivo. A nivel nacional el tricolor, está agotado: la corrupción y las mal llamadas reformas estructurales lo desmadejaron. Y a nivel estatal, sufre de los efectos de una clase política priista cuya corrupción y rapiña les ha dado la oportunidad de ser parangón nacional de esos antivalores.

Algunos cuadros relevantes del tricolor, ya se fueron o al PAN –a la búsqueda de empleo y cobijo, toda vez que su partido los abandonó- o a MORENA, en donde buscan oportunidades y sobre todo comprensión ante la circunstancia que ahora viven.

Los casos de Felipe Garza Narváez, Eduardo Gattás –Victoria-, Erasmo González –Madero-, Pedro Carrillo –Altamira- y Casandra de los Santos –Río Bravo-, son apenas una minucia del desmembramiento que viene en un futuro muy mediato. La elección del nuevo dirigente del PRI tamaulipeco, arrastrará más calamidades que beneficios al tricolor.

Por principio: no llenará las expectativas democráticas de la militancia.
(Sería absurdo pensar, que una organización cuya naturaleza es la antidemocracia, pueda cambiar de la noche a la mañana en un ente absoluta y felizmente democrático).

En seguida: los rescoldos de las élites tricolores, que actualmente disputan la comandancia, no lo hacen con vocación de cambio. Al contrario: se mueven con una actitud conservadora: llegar a la dirigencia, para seguir siendo antidemocráticos y beneficiarse con los últimos gajos de la franquicia.

Es decir: el PRI de Tamaulipas, es un ente obliterado.
Si quitan el tapón es un problema.
Y si dejan el tapón, persistirá el problema.
(Entiéndase por tapón, a la espuria Aída Zulema Flores Peña).
Esa es la triste referencia de un PRI que fue desangrado por una militancia cupular insaciable y cleptómana –como se autodefine Duarte el veracruzano-.
¿Cuándo dejarán en manos de la militancia el destino del PRI de Tamaulipas?..
Al parecer nunca.

O al menos eso es lo que piensan Eugenio Hernández Flores y Egidio Torre Cantú, que no sacan las manos del proceso de elección de la nueva dirigencia.

Lo que hace pensar en la certeza de que los escurrimientos se incrementarán es la actitud de la dirigente Flores Peña ante la partida de varios cuadros: sólo atinó a quitar la fotografía de Felipe Garza Narváez de la galería de los dirigentes estatales. Dejó de ir la oportunidad de analizar, desde la crítica y la autocrítica, las causas del abandono de militantes que en el pasado se esforzaron por hacer un PRI triunfador e influyente en el paisaje político regional.
(Aporte, con el cual ahora lucra doña Aída Zulema).

Es sencillo: sin reflexión no hay acción reivindicativa.
Y sin reflexión, no hay liderazgo que valga.
Lo que se ve, no se juzga: lo peor, está por venir…

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