¿QUIEN SIGUE?

 ¿QUIEN SIGUE?

En América Latina hay preguntas que no se formulan en voz alta, pero se sienten en el ambiente. Una de ellas es incómoda, casi tabú: ¿quién sigue? No como amenaza externa, sino como consecuencia interna de gobiernos que han decidido caminar al filo de la ley, la transparencia y la rendición de cuentas.

Venezuela es el espejo en el que muchos no quieren mirarse. Lo que ocurre ahí no es solo una crisis económica o política; es el resultado de años de concentración del poder, debilitamiento institucional y una narrativa que convirtió al enemigo externo en excusa permanente para no responder por los errores propios. Maduro ya no es solo un presidente cuestionado; es el símbolo de un modelo que agotó su legitimidad.

Pero la historia no se detiene en Caracas. Hoy el debate se mueve por la región y toca a otros gobiernos que, aunque distintos en forma, comparten discursos similares. En Colombia, el presidente Gustavo Petro ha insistido en rechazar cualquier posibilidad de intervención extranjera, apelando a la soberanía y al derecho de los pueblos a resolver sus conflictos sin injerencias. En principio, el argumento es válido y hasta necesario. Nadie sensato quiere tanques ni marines dictando el rumbo de América Latina.

El problema surge cuando la soberanía deja de ser principio y se convierte en escudo. Cuando se usa no para proteger a las instituciones, sino para proteger a quienes gobiernan de la crítica, de la fiscalización y de la ley. Ahí es donde la línea se vuelve peligrosa.

Porque la pregunta no es si alguien va a “invadir” o “capturar” presidentes. La verdadera pregunta es otra: ¿quién será el siguiente en enfrentar el desgaste de gobernar sin controles reales? ¿Quién sigue cuando se normaliza la opacidad, cuando el poder se personaliza y cuando la legalidad se estira hasta romperse?

Los focos internacionales no se encienden por ideología, sino por patrones. Gobiernos que concentran decisiones, que minimizan a los contrapesos, que manejan recursos sin claridad y que responden a toda crítica con discursos morales o épicos terminan, tarde o temprano, aislados. No por conspiraciones, sino por sus propios actos.

América Latina no necesita nuevos mártires políticos ni salvadores retóricos. Necesita algo mucho más simple y más difícil: gobiernos que rindan cuentas, que respeten la ley incluso cuando incomoda y que entiendan que el poder no es patrimonio personal ni trinchera ideológica.

Por eso la pregunta “quién sigue” no debería generar miedo, sino reflexión. No sigue el que piensa distinto. No sigue el que defiende la soberanía. Sigue el que confunde autoridad con impunidad y gobernar con no dar explicaciones.

La historia regional es clara: los gobiernos no caen por enemigos externos, caen cuando dejan de responderle a su propia gente. Y eso, más que cualquier amenaza extranjera, es lo que hoy debería preocuparles.

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