El embrollo del 5 de mayo
Redacción
Tula, Tamaulipas.- Por momentos, el conflicto del 5 de Mayo parece más un guion reciclado que un problema urbano real.
Los locatarios insisten en la misma narrativa: dicen contar con un amparo, aseguran ser comerciantes honestos y repiten que llevan más de 30 años ganándose la vida en ese espacio.
Hasta ahí, el discurso suena construido para generar empatía. El problema empieza cuando se confronta con la legalidad.
Porque no, una calle no es —ni puede convertirse por decreto o costumbre— en una plaza comercial. Ese es el punto de fondo que deliberadamente se evade.
El argumento del “permiso temporal que se volvió permanente” no resiste el menor análisis jurídico serio. La temporalidad, por definición, no es perpetua.
Ahora bien, presumen un amparo. Pero, ¿contra qué acto específico? ¿en qué términos? ¿bajo qué resolución judicial? Nadie lo ha visto, nadie lo ha explicado con claridad.
En el mejor de los casos, se trata de una estrategia legal para ganar tiempo; en el peor, de una simulación mediática para sostener una ocupación irregular.
Porque el amparo no es —ni ha sido nunca— una herramienta para legitimar la obstrucción de vías públicas.
Aquí es donde entra la figura de Juan Andrés Díaz Cruz, el personaje que, según múltiples versiones, dio origen a este asentamiento cuando ocupaba la alcaldía. Hoy, ese “legado” incómodo se convierte en una especie de causa que se defiende más por interés político que por justicia social.
Y eso explica muchas cosas: la resistencia, el discurso de victimización y la constante confrontación.
Porque mientras se habla de derechos, se ignoran las afectaciones a terceros. La ciudadanía que transita, los vecinos, el orden urbano… todos quedan en segundo plano frente a un grupo que insiste en que “sus chicharrones truenan”. Y no, no truenan solos: truenan a costa de los demás.
El fondo del asunto no es comercial, es político.
Y como ha ocurrido antes, el objetivo parece claro: estirar el conflicto hasta que el calendario electoral vuelva a darle utilidad. Mientras tanto, la legalidad sigue siendo un estorbo incómodo para quienes han aprendido a moverse mejor en la ambigüedad que en el cumplimiento de la ley.